¿Qué demonios estoy contemplando? El amanecer golpea mis ojos sin piedad. Éstos se resisten, pero son violados igualmente por la penetrante claridad. ¡Casi es mediodía! Me impregna un temblor raro y un sudor de pálpito. Hasta el alma se me estremece. Un halo espectral traspasa mi pecho, no noto nada, solo esa maldita sensación paralizante. No recuerdo que he soñado y lo mismo, ese sueño, es el culpable de esta percepción espeluznante que ametralla mi médula, como un mal orgasmo. No puedo moverme, estoy colapsada.
Decido dar un paseo por el campo, eso me despejará. La caminata relajará los músculos agarrotados y respirar aire puro calmará mi mente inquieta y sobresaltada.
Desayuno fuerte, en vez de almorzar, cojo mi botella de Tupperware, la enfundo en la riñonera y me aventuro entre los nocivos rayos uva del mediodía. Aunque lo parezca, no estoy loca. Me embadurno con protección solar y cerrando la puerta tras mis pasos, le doy caña a mis piernas, pues necesito evadirme, huir de la tormenta que azota mi mente.
Entro en casa poco antes de oscurecer. Suelto la bolsa con los espárragos de campo en la mesa de la cocina y me dispongo a colgar el cortavientos en el perchero del dormitorio. El cuarto está revuelto, la ventana abierta de par en par, las cortinas dando pañaletazos como locas, hechas jirones, rasgadas…Me pregunto: ¿por cuchillos? Se me viene a la mente un flash de Eduardo Manostijera en uno de sus arrebatos y me asusto. No recordaba haberla dejado abierta. Echo un segundo vistazo aún conmocionada, veo la cama patas arriba, las sábanas por el suelo, ensangrentadas… Escaneo el escenario por tercera vez con toda la poca calma que me queda, pero esta me abandona entre espasmos y convulsiones mientras el corazón rebota como pelota de ping pong contra una jaula de metal.
Peleando y jugando por toda la sala como condenados diablillos, mis dos amores me han dado un buen susto. Los gatos, desparramaron las sábanas y volcaron la copa de tinto de la mesita, la que se me quedó olvidada junto al libro la noche anterior, en la cual, la velada transcurrió sin darme cuenta, embutida en una alucinante perfecta ficción, tan perfecta que ni sed me dio.
¡Dios, que alivio!
No es sangre. Es vino.
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