−Hola−dijo con acento grave.
−Hola−respondió mirando con desconfianza. Aquel rostro no le resultaba conocido.
La penumbra del parque ocultaba la sonrisilla guasona que brotaba de su comisura. No disimulaba su agrado. Le divertía un montón el simulacro de conquista, el juego grotesco de piropos, zalamerías y agasajos.
El blanco opaco del ojo de cristal le resultó repugnante. Se levantó y echó a andar. Intentaba zafarse del don Juan de media tarde noche.
‒¿Quieres un helado de chocolate? Te invito‒ le alargó el cucurucho impidiendo su huida.
‒No me gusta.
El tono tajante denotaba su intención.
‒No sabes lo que te pierdes, está para chuparse los dedos.
La muchacha andaba con paso ligero sin dejar de escuchar el eco de unas pisadas retumbando en su oído interno. El miedo la perseguía, aumentó el ritmo de su carrera.
De nada le sirvió gritar, nadie la escuchó. No pudo zafarse de sus golpes, ni de la vejación, ni del helado de chocolate derretido manchando su impoluto cuerpo.
Alguien sí debió escuchar el último alarido de la noche, en el que la chica perdió su ojo derecho y la consciencia, pero se cayó como se callan todas las injusticias del planeta.
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