Cincuenta y siete. Cincuenta… y siete… Cinco… Siete… 57… Compañero 57, que poco me ayudas. Échame una mano, una mano que sujete fuerte la fe, un tironcito que levante el ánimo, un empujoncito que me arranque de la procrastinación, un abrazo que (me) desarme la cabeza y de la cabeza arranque el dolor. Estás triste 57, o más bien cansado y me contagias la tristeza y el cansancio… ¡Deja de llorar 57! 57, convídame a una carcajada con sonrisa incluida, una que desmonte la película de mi cabeza y comience a crear realidad, una que me dé comodidad con un poquito de incomodidad, una que me haga fuerte y me deje respirar. Una que resista la adversidad y baile con el destino.